MUNCH: El Grito
por Antonio R. Montes Villota
Noviembre 2013
Suele
ser frecuente que tras un agradable almuerzo alguien, ya sea por iniciativa
propia o impulso ajeno, tome la palabra se disponga a arruinar la digestión de
los comensales. Ahora temo que de forma similar, sea yo quien estropee la copa
que se nos ofrece, pero debo obedecer a lo programado.
En
primer lugar permitidme que os haga una pregunta, sin que sea necesario que me
facilitéis vuestras respuestas, simplemente sugiero que meditéis un instante y
que las conservéis en vuestro fuero interno: ¿Os gusta el Grito de Munch? Pero,
por favor, tomad en consideración que he empleado el verbo “gustar” y no me
refiero a si el cuadro os intriga, emociona o impresiona. Debo reconocer que a
mi no me gustaba y creo que sigue sin gustarme, pero me ha inducido a algo más
que su simple contemplación y eso es lo que me gustaría transmitiros en unos
pocos minutos.
LA OBRA
Una
escueta ficha del cuadro nos diría que se trata de una obra realizada el año
1.893 con una técnica mixta que incluye óleo y témpera, que tiene unas
dimensiones de 91 cm
x 74 cm
y que se encuentra en la Galería Nacional de Oslo (Noruega)
En
cuanto se refiere a su descripción pictórica esencial, podríamos constatar
algunos detalles relevantes que vosotros, artistas y expertos, podéis reconocer
de inmediato:
-Podemos
apreciar el cuadro dividido en tres espacios geométricos casi perfectos: un
paralelogramo rectángulo en la parte superior y dos triángulos rectángulos
unidos por las hipotenusas que vienen configuradas por la baranda de un puente
–aspecto sobre el que volveremos más tarde, pues marca un detalle anecdótico
pero importante en la historia del expresionismo– que vuelca de forma dinámica
la figura central hacia el espectador, al mismo tiempo que nos invita a
penetrar en las profundidades del cuadro donde otras dos figuras aparecen en
posturas estáticas.
-La obra
presenta un extraordinario dinamismo, nos facilita una imagen de constante
movimiento merced a la profusión de líneas curvas que ocupan dos terceras
partes de su superficie y que se repiten con insistencia en cuatro masas
diferenciables.
-Las masas de
colores pretenden equilibrar las tonalidades cálidas y las frías, ofrecen una
imagen agresiva del entorno, al tiempo que la ondulada línea que nos sugiere el
horizonte separa rotundamente un cielo –que oculta una inspiración un tanto
tenebrosa de Munch– de las frías aguas. Por otra parte, los tonos marrones de
las tierras y el puente configuran la base de contraste con el azul saturado
del mar.
-Finalmente,
la atención se concentra en la desproporcionada figura central, que se nos
presenta como un ser andrógino que, de inmediato, invita a una reflexión
profunda y en primer lugar a identificar la razón del título de la obra. ¿Es
esa figura la que grita, se tapa los oídos para evitar un grito externo o
suceden ambas cosas simultáneamente?
ANTECEDENTES
Y CONSECUENTES
El
Grito comenzó a gestarse una tarde del año 1.892. El propio Munch dejó escrito:
“Paseaba por un sendero con dos amigos, el sol se
puso de repente y el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una
valla muerto de cansancio, sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul
oscuro del fiordo y de la ciudad, mis amigos continuaron y yo me quedé quieto,
temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza
obligándome a tapar mis oídos con las manos.”
Así,
nació una primera “Desesperación” con la figura central de perfil inmersa en
una actitud plena de soledad y más tarde una segunda aún más sombría en la que
el rostro, ahora en tres cuartos, nos aproxima al mantenido titulo de la obra.
"Desesperación I" "Desesperación II"
Un
año más tarde, es decir en 1893, al parecer insatisfecho con las obras
anteriores, pintó su primer Grito que
junto con otros dos subsiguientes se encuentran en la mencionada Galería
Nacional de Oslo, en tanto el cuarto pertenece a la colección privada del
empresario estadounidense Leon Black, quien la adquirió en una subasta de
Sotheby’s por un importe cercano a los $ 120 millones.
EL
ARTISTA Y SU CIRCUNSTANCIA
Para
continuar ruego que se me permita ahora tomar prestadas unas palabras de un
poeta y un filósofo ilustres.
El
poeta JohnDonne (1.572-1.631) escribió:
“Ningún hombre es una isla, completa en sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
………………………………………………………………….
La muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes por quién dobla la campana;
dobla por ti.”
Consecuentemente,
debemos entender que no sólo cada hombre forma parte del todo, también que toda
cada acción y todo suceso que afecte al ser humano se integra y repercute en la
totalidad.
Con
extraordinaria profundidad José Ortega y
Gasset (1.883-1.955) escribió en su obra “Meditaciones del Quijote”:
“Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a
ella no me salvo yo”
Con
lo que nos vino a decir que cada persona se encuentra inmersa en un mundo vital
condicionado por un “yo” que integra cuerpo y mente, más una “circunstancia” en
la que se comprenden familia, formación, sociedad, historia, etc., de forma que
son inseparables y determinan las características del individuo. Pero esto no
debe limitarse a una primera interpretación simplista en el sentido de
considerar que el ser humano posee unas condiciones innatas y posteriormente se
va formando y conformando a través de su contacto con el mundo que observa, el
mensaje mucho más profundo nos dice, además, que la persona únicamente se
encuentra en la medida en que se instala en el mundo, de forma que la absorción
de su circunstancia configura el destino concreto de cada ser.
En
virtud de lo expuesto y sin entrar en mayores profundidades de corte
filosófico, que no se corresponden con el objeto de la presente reunión, os
invito a considerar que una obra de arte es inseparable del “yo” de su autor, del entorno social, de
la corriente del pensamiento de la época, etc., y sólo estudiando “esa circunstancia” es posible llegar a
comprender una obra, más allá de su simple valor estético.
Munch -
El hombre
Edvard Munch (1.863–1.944) nació en Loyten (Noruega) en el
seno de una familia burguesa fuertemente condicionada por el profundo y severo
puritanismo religioso del protestantismo nórdico. Su padre Cristian Munch,
médico que dedicó gran parte de su tiempo a los indigentes, se hacía acompañar
por Edvard que así conoció la soledad y miseria de los pobres ante la
enfermedad. Como sucesos familiares absolutamente determinantes de su
personalidad es preciso mencionar que su madre Laura Cathrine Bjølstad murió a causa de hemoptisis tuberculosa cuando él
era un niño y que algo más tarde la tragedia se repitió en su hermana Shopie,
en tanto que su hermana Laura tuvo que ser internada en un manicomio situado en
Ekemberg –lugar que inspiró El grito–
por padecer trastornos esquizofrénicos. Eso explica que Munch dejara
escrito:
"La enfermedad, la locura y la muerte eran los
ángeles negros que vigilaban mi cuna y me siguieron toda la vida"
Después,
durante su primeraestancia en París,
como becario que asistía aburrido a las clases de Leon
Bonnat, recibió demasiado tarde la noticia de la muerte de su padre de forma
que no pudo asistir al entierro, circunstancia que le llevo a un estado de
profunda tristeza en el que rememorando la pérdida de sus seres queridos dejó
escrito:
“Estoy
viviendo con la muerte, todos los recuerdos,
las cosas más pequeñas siguen emergiendo.
Un ave de presa está desgarrando mi alma,
sus garras destrozan mi corazón,
su pico hurga en mi pecho,
y el batir de sus alas oscurece mi juicio.”
Muestra evidente de un estado depresivo que le
acompañaría a lo largo de su vida, de manera que en muchas de sus obras
encontramos la huella de su enfermiza obsesión ante la muerte: “La muchacha enferma”; “Cámara mortuoria”;
“Lecho de muerte”; “La madre muerta”; etc.
Pero
el complejo mundo psíquico de Munch se agravaría con un primer amor imposible
por una mujer casada, Milli Thaulov y un matrimonio que fracasó
estrepitosamente. Situaciones que le llevaron a una reacción misógina en la que
la mujer se presentaría como una fuerza amenazadora, al tiempo que su severa
concepción de la sexualidad, fruto de la rígida religiosidad familiar, le
condujeron a un trasfondo neurótico, que se manifiesta de manera incuestionable
en su obra “La muerte y la doncella”
donde mezcla la sexualidad con lo macabro
El
entorno intelectual
Fuera
de su ámbito inmediato, es preciso tomar en consideración que el entorno
intelectual de la época, se configuraba con:
El tremendo impacto de la poesía de Friedrich Hölderlin (1.770-1.843) que,
desde una espiritualidad idílica, de raíces clásicas inmersas en el mundo
griego, inició una visión a la vez romántica y dramática que dio lugar al
denominado “sentimiento trágico de la
vida” que inundó la sociedad del centro y norte de Europa:
“Ser uno mismo, eso es la vida
y nosotros –los demás– somos su ensueño.“
-La obra de Heinrich von Kleist (1.777-1.811), poeta que llegó a las fronteras de
la locura, a la invitación al homicidio compasivo que culminó con su compañera
sentimental Adolfine Vogel, enferma de cáncer en fase terminal, para suicidarse
a continuación. En su tumba puede leerse un fragmento significativo de su obra “El
Príncipe de Homburg”:
“Ahora, ¡oh inmortalidad!, eres toda mía.”
-El
pensamiento de Søren Kierkegaard(1.813-1.855), quien al analizar la existencia humana destaca como rasgo
fundamental el “sentimiento de angustia”.
La angustia del ser humano ante la incertidumbre de tener que afrontar una de
las formas de vida que opcional o sucesivamente se le presentan: en un entorno
estético; ético o religioso, este último marcado por la severidad del
protestantismo ya citado. De esta forma se inicia la que hoy conocemos como “filosofía existencialista”.
-De igual
manera es fundamental incorporar en el capítulo de influencias trascendentales
la literatura de su compatriota Henrik
Ibsen (1.828-1.906), de cuyas obras, especialmente “Espectros” y “Un enemigo del
pueblo” aprende el desprecio por la moral convencional y los prejuicios
burgueses, de forma que las nuevas generaciones debían entender la necesidad de
desvelar la verdad aunque esa tarea implicase llegar al miedo y al horror. Es
significativa la frase que, en la última obra mencionada pone en boca de su
protagonista el doctor Stockmann:
“He descubierto que
las raíces de nuestra vida moral están completamente podridas, que la base de
nuestra sociedad está corrompida por la mentira.”
-August Strindberg (1.849-1.912), amigo de Munch a quien dedicó
varios ensayos y críticas, con quien compartió parte de sus vida, precursor del
teatro del absurdo que más tarde nos llegaría con Samuel Beckett (1.906-1.989),
y creador también del teatro de la crueldad.
-La breve
semblanza anterior nos conduce a una sociedad sombría en la que Feodor Dostoievsky (1.821-1.881) nos
deja en “Los hermanos Karamazov”,
concretamente en boca de Iván su celebre frase:
“Si Dios no existe todo está permitido”
con la que nos advierte que sin Dios sería
imposible creer en la inmortalidad del ser humano, y dejaría de tener sentido
la existencia, se dejaría paso a la irracionalidad, los sentimientos egoístas
acabarían con los sentimientos nobles y no habría razón alguna para vetar
cualquier conducta humana.
-Así llegamos
a un Friedrich Nietzsche
(1.844-1.900) que proclama la “muerte de
Dios”, no en el sentido romántico de que Dios ha muerto en el corazón de
los hombres, como habitualmente se nos quiere interpretar la frase, sino en el
sentido de que los valores morales del ser humano se encuentran exclusivamente
en su naturaleza y no es preciso regirse porcriterios y mandatos que emanen de un ser superior.
-Rainer María Rilke (1.875-1.926), que entre otras obras, con sus “Elegías de Duino” y “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”
impulsa una búsqueda de la realidad, abordando dos aspectos que desde el inicio
de la creación del poeta se trasmitieron a lo largo de su obra, “el amor” y “la muerte”, ambos presididos por un sentimiento de “lo posible” que coincide poéticamente
con la “angustia kierkegaardiana”.
Además, coincidirá con el pensamiento de Ibsen al afirmar:
“Lo bello tan sólo es el comienzo de lo terrible.”
-Imposible
sustraerse a un prodigioso Franz Kafka
(1.883-1.924), que desde el más estricto espíritu existencialista nos lleva de
la mano al surrealismo que presenta en sus obras. En su “Proceso” se adentra en la soledad y el desvalimiento del ser
humano que no llega a conocer el delito cometido por el que poderes
desconocidos pretenden juzgarle, al tiempo que no encuentra ayuda alguna en
ninguno de los estamentos de la sociedad en la que vive. Así perecerá asesinado
por el sistema sin haber llegado a comprender que su único pecado era “vivir”, circunstancia que conduce a la
negación del sentido de la vida.
-Más tarde,
lejos ya del Grito de Munch pero influyendo en su obra posterior, el
existencialismo llegará al extremo desesperanzador de Jean-Paul Sartre (1.905-1.980), que estudia todas las consecuencias
de la citada muerte de un Dios que resulta ser irrelevante para la vida del
hombre y así, desde la libertad y la angustia llega al “absurdo” y la “nausea”,
para negar toda esperanza:
“El-ser-humano-es-un-ser-para-la-muerte.”
Frase terrible que podría conducir a una reflexión
aún más desgarradora:
“La vida tan sólo es un paréntesis de absurdos entre
dos nadas.”
Para
completar el panorama del pensamiento de la época, sería posible analizar otras
ramas del quehacer intelectual y artístico, especialmente la música que rompe
con la armonía clásica de la mano de Arnold
Schönberg, creador de la dodecafonía que se basa en los doce tonos de la
escala cromática, siete tonos y cinco semitonos, pero empleados sin orden
alguno y sin repetición de una nota cualquiera hasta haber utilizado las otras.
Compositor al que deberíamos acompañar con Alban
Berg y Anton F. W. von Webern
que formaron la Segunda Escuela de Viena. Sin embargo, continuar con más
ejemplos conduciría a prolongar imprudentemente el presente trabajo.
El
entorno social
Según
lo expuesto, cabe destacar que la sociedad alemana y de los países nórdicos se
encontraba inmersa en el estado de ansiedad y amargura previo a la Primera
Guerra Europea. Aflicción que invadió los círculos intelectuales y artísticos y
provocó un deseo vehemente de cambiar la vida, de buscar nuevas dimensiones a
la imaginación y de renovar el lenguaje artístico. Así nació el “expresionismo” que defendía la libertad
del individuo frente a la filosofía tradicional y los convencionalismos
sociales. Se afirmaba la primacía de la expresión subjetiva, el “irracionalismo”, el apasionamiento y
los temas prohibidos como lo morboso, lo demoníaco, la sexualidad, el mundo
fantástico y onírico y también lo pervertido.
Se
comenzaba a reflejar una visión subjetiva, una deformación emocional de la
realidad, a través del carácter expresivo de los medios plásticos, que cobraron
una significación metafísica, abriendo los sentidos al mundo interior. De esta
forma, el carácter existencialista, su anhelo metafísico y la visión trágica
del ser humano en el mundo, configuraron el arte como parte de una concepción
existencial, reflejo de las circunstancias históricas en que se desarrolló. Al
revelar el lado pesimista de la vida y aflorar y expandirse la “angustia existencial” el artista, que
en la sociedad moderna e industrializada, se veía alienado, sólo podía impactar
al observador y llegar a su emotividad interior mediante la distorsión de la
realidad, aunque tuviese que llegar a la provocación, al miedo y al horror.
Munch y
su circunstancia
Tal
vez ahora podemos contemplar “El grito” con los mismos ojos pero con otra visión y así
penetrar en su interior. La pintura de Munch emana de un profundo trasfondo
neurótico –circunstancia que le mantendría ingresado algún tiempo en una
clínica psiquiátrica donde llegó a autorretratarse con un cadáver–, de manera
que aspectos comoel miedo, la
enfermedad y la muerte trascienden e inundan toda su obra. A lo anterior debe
añadirse la soledad de la adolescencia, el alcoholismo, los amores
insatisfechos con sus correspondientes dosis de decepción y, finalmente, a la “angustia kierkegaardiana” y el miedo a
una vida sin sentido que colisionaba con la formación religiosa adquirida en el
entorno familiar. No obstante, Munch consciente de sus miedos, su neurosis y
sus obsesiones no renuncia a nada:
“Este miedo a la vida me ha perturbado desde que penetró en
mi mente. Como la enfermedad que he padecido desde el comienzo de mi vida,
ambos heredados. Parece como si un injustificado maleficio me haya estado
persiguiendo. Sin embargo, a menudo parece que dependo de este miedo a la vida,
que me es necesario, y no quisiera perderlo. Con frecuencia siento que mi
enfermedad también es necesaria. En los periodos en los que no tengo este miedo
a la vida y sin enfermedad, me he sentido como un barco navegando con fuerte
viento pero sin timón.”
Munch y
el impresionismo
Ante el
impresionismo previo Munch reacciona con virulencia, la pintura no puede
limitarse a una mera impresión visual, una simple forma de tratar el dibujo, la
luz y el color para plasmar en un soporte asuntos que consideraba
intrascendentes. La pintura debía convertirse en una herramienta eficaz que
exteriorizase las realidades interiores del ser: sus estados de ánimo; deseos;
obsesiones; angustias y miedos. Por eso escribió:
“El impresionismo
carece de la expresividad que yo necesito en mi trabajo.
Tengo
que sacar las impresiones que agitan mi interior.”
De
la negación del impresionismo llega a la rotunda manifestación del principio
del “expresionismo”, de forma que viene a coincidir con su gran amigo
Strindberg que en el año 1.886 dejó escrita una reflexión significativa:
“Hay que pintar el alma en vez de dibujar árboles y
piedras que, en si mismos, están desprovistos de sentido.”
Pensamiento
que había calado de manera decisiva en Munch que nos dejó escritas frases que
explican la raíz de su inclinación artística. En esa primera etapa de gestación
del expresionismo rompe con la imaginería de la pintura clásica y escribe:
“No podemos pintar eternamente mujeres que cosen y
hombres que leen. Yo quiero representar seres que respiran, sienten, aman
ysufren. El observador debe tomar
conciencia de lo que hay de sagrado en ellos hasta el punto de que llegue a
descubrirse en su presencia como si estuviera en la iglesia.”
Y
algo más tarde, en pleno éxtasis neurótico nos descubre el objetivo de su
pintura que se concreta en explorar y pintar el mundo interior de la conciencia
humana:
“Al igual que Leonardo da Vinci estudió la anatomía
humana diseccionando cuerpos,
yo quiero diseccionar las almas.”
“El
grito”
“El grito”, que en realidad nació con el título “El grito de la Naturaleza” formaba
parte de un ciclo pictórico con vocación enciclopédica que se conoce como “El friso de la vida”, en el que
inicialmente se dice que incluyó seis pinturas realizadas a partir de 1.890,
aunque posteriormente fue añadiendo obras a lo largo de su vida, todas con una
vertebración narrativa absolutamente fiel a sus obsesiones: “el amor”, “la angustia” y “la muerte”. Entre las pinturas que se
incluyeron en este ciclo se incluyen los siguientes ejemplos:
El friso
de la vida - El amor
El friso
de la vida - La angustia
|
La
desesperación I (1.892)
|
|
La
desesperación II (1.82)
|
El friso
de la vida - La muerte
De
inmediato se observa que “El friso de la
vida”, que integra una buena y representativa parte de su obra, es fiel
reflejo de sus obsesiones, perollama la
atención que una parte de la misma nos muestra, también, una cierta fijación de
su dibujo y ciertos elementos que emplea reiteradamente copiándose a si mismo
una y otra vez, no sólo en los diferentes “Gritos”,
sino en toda la serie de pinturas que componen la “Angustia”, en la que presenta elementos comunes muy interesantes.
En
general, las pinturas presentan la misma distribución temática en figuras
geométricas elementales. Así tenemos:
-Un
paralelogramo rectángulo en su parte superior, que alberga un cielo nuboso que
ofrece unos violentos reflejos rojizos del Sol. Si su escrito del año 1.892
antes mencionado es significativo:
“(…) el sol se puso de repente y el cielo se tiñó de
rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio, sangre y
lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo,”
Se debe añadir ahora una matización con la que
apostilló Munch una de las litografías que realizó sobre el mismo tema:
"Un atardecer anduve por un camino. Por debajo de mí
estaban la ciudad y el fiordo. Me quedé mirando el fiordo, el sol se estaba
poniendo. Las nubes se tiñeron de rojo, como la sangre. Sentí como un grito a
través de la naturaleza. Me pareció oír un grito. Pinté este cuadro, pinté las
nubes como sangre verdadera. Los colores gritaban".
-El triángulo
rectángulo situado a la derecha desde el punto de vista del observador muestra
la cabeza de la figura humana solitaria y aterrada sobre el fondo marino, con
una porción de tierra en la que los críticos pretender ver la representación de
Oslo.
-En el
triángulo restante se nos muestran personas sin aparente relevancia en el
extremo superior, apenas son sombras humanas, seres que hacen más violento el
contraste con la figura central al acentuar la soledad y el terror del
individuo aún estando acompañado. Como el propio Munch relata:
“(…) mis amigos continuaron y yo me quedé quieto,
temblando de ansiedad,”
En
resumen, se nos presenta un grito que atraviesa un espacio de soledad y la
expresión horrorizada del rostro transmite al observador la angustia
existencial del propio Munch. Un grito que nos penetra y aborda nuestros
silencios íntimos para descubrirnos nuestras propias angustias y miedos y
comprender con Rainer Maria Rilke que:
“La belleza es ese grado de lo terrible que aún
somos capaces de soportar.”
Además
de la mencionada figura central, hay un protagonismo oculto en esta superficie,
una obra humana frente a toda la naturaleza dominante en el resto de la obra,
un puente como artificio para sobrepasar las aguas de un arte caduco, pasar del
mundo visible de la pintura convencional al mundo invisible del interior del
ser humano. De esta forma, el puente fue el elemento adoptado como seña de
identidad de los primeros seguidores de Munch, estudiantes de la Escuela
Técnica Superior de Arquitectura de Dresde, que en el año 1.905, fundaron el
grupo “Die Brücke” (El puente).
Parece ser que tanto el puente como la denominación a que dio lugar pudieron
inspirarse en una frase de Friedrich Nietzsche, que en su obra “Así hablo Zaratustra” dejó escrito:
“La grandeza del hombre se concreta en
ser un puente y no un fin.”
De
lo anterior también parece desprenderse que Munch deseaba representar la
fragilidad del ser humano enfrentado a las fuerzas de los cuatro elementos de
la Grecia clásica: el fuego que el Sol transmite a las nubes; el aire que
representa a través del movimiento ondulado que transfiere movimiento a las
citadas nubes; el agua del mar y una tierra donde unas pinceladas apenas
perceptibles posiblemente quisieron representar Oslo.
Cabe
preguntarse si a pesar de las reiteraciones mencionadas “El grito” presenta alguna peculiaridad distintiva y en este
sentido cabe entender que la respuesta debe ser afirmativa. No parece
irrelevante reflexionar sobre el grito tal y como lo sintió Munch y nos dejó
escrito en ocasiones distintas:
“(…) sentí un grito infinito que atravesaba la
naturaleza obligándome a tapar mis oídos con las manos.”
Y
por el contrario:
“(…)
más adelante sentí el grito inmenso e infinito de la naturaleza”.
En todo caso el
grito no parece ser de procedencia humana, la figura central muestra su boca
abierta, pero debe interpretarse como expresión de sorpresa y de angustia,
nunca como emisora de ese grito que impresiona a Munch y le hace pintar. Es un
grito que ofrece dos interpretaciones dramáticas que justificarían la reacción
del artista, especialmente al tomar en consideración su “yo” y lo que hemos visto como “su
circunstancia”:
-Puede que nos encontremos
ante un grito que procede de la locura de una sociedad ensombrecida que ha
renunciado a los valores morales tradicionales y se encuentra en un estado
desesperanzador de transición, al tiempo que se encamina a una guerra cruel.
-Pero el Sol proyecta sombras
de sangre en el cielo y el mar se muestra oscuro e impenetrable, también puede
ser la propia naturaleza la que grita con desesperación, ante el pasado
inmediato y devenir próximo del ser humano.
De momento no
sabemos cuál es la respuesta apropiada, pero la razón de la incertidumbre es
simple, a la pintura de Munch le faltan las últimas pinceladas, aquellas que
tenemos que aportar los observadores con nuestras interpretaciones personales.
Eso es, precisamente, lo que pretende el expresionismo, provocar nuestras
reacciones, que cada uno de nosotros finalice el trabajo creativo de la obra
que, de esta manera, adquiere la universalidad que le confiere el sumatorio de
cada una de las personas que la contempla. Se trata de una aportación subjetiva
para profundizar más allá de la simple reacción estética y eso puede significar
una tarea compleja que requiere información y reflexión.
Permitidme ahora
aportar algunos detalles, con la esperanza de que pueda servir de ayuda en la
búsqueda de vuestras interpretaciones particulares de la obra. En mi opinión,
debemos rescatar algunos pormenores importantes que el artista nos ha legado y
paso a exponer.
En primer lugar
el título original de la pintura: “El
grito de la Naturaleza”, detalle que parece conducir nuestra atención a la
segunda frase de Munch, es decir: que el grito procede:
“(…) de la Naturaleza”.
También se debe
aclarar que los diversos comentarios y explicaciones que se conservan en los “Cuadernos” de Munch sobre sus “Gritos” –aquellos a las que he
conseguido acceso–, muestran una ecuación psicológica que confunde con sus
variables, aunque dejan una constante que hemos tenido ante nuestros ojos
aunque, voluntariamente, he omitido cualquier comentario expreso hasta el
momento. En todos los casos Munch nos explica:
“sentí un grito infinito (…)”
“más adelante sentí el grito inmenso (…)”
Es
decir, Munch no oyó el grito, ¡lo sintió! Y por eso cabe
entender que lo fundamental es que el grito penetró en él, inundó su “yo” y su pintura lo lanza a nuestro “yo” para producir la reacción que
pretendía a través de una sinestesia mágica que ha permitido transmitir un
sonido que no escuchó y que nosotros tampoco escuchamos. Si Arthur Schopenhauer
comentó:
“El límite de esta obra de arte está en su capacidad para
representar el grito”,
Tal
vez sería apropiado apostillar que más allá de esa representación pictórica, el
aspecto vital de la obra se concreta en su capacidad para transmitir emociones,
ya sean estas placenteras o atormentadoras.
Es
momento de volver a John Donne cuando afirma poéticamente: “(…) ningún hombre es un isla y que la muerte de
un ser nos disminuye”, pues todos y cada uno de nosotros formamos
parte de la humanidad. Reflexionar en esa dirección es la forma de comprender
que “El grito” que sintió Munch nos
alcanza a todos sin excepción. Si tras lo expuesto y lo que lleguemos a
investigar al respecto también retornamos a Ortega y Gasset, que nos explicaba
la manera en que el ser se integra en el mundo vital, podremos conocer algo más
del “yo” de Munch y “su circunstancia” y así, interpretar la
forma en que nuestro “yo” y nuestra “circunstancia” reciben el impacto que
el artista quiso compartir con nosotros, es decir: el mensaje personalizado de “El grito” que penetra nuestras
emociones a través de nuestros ojos y no de los oídos.
Para
finalizar cabe una última pregunta: ¿Qué es lo que “El grito” nos hace sentir? Octavio Paz nos ha dejado una
interpretación bellísima:
“El vacío eterno del ser humano, un vacío
ensordecedor e infinito que suena desde el comienzo de la historia y que
progresa y se incrementa velozmente entre los seres errabundos en el mundo, al
enfrentarse a un cielo que los pensadores de aquella época dejaron vacío.”